⚽ el juego detrás del juego

Escuchaba una conversación sobre la Copa del Mundo.

Hablaban de partidos históricos.

De jugadores.

De entrenadores.

De goles que cambiaron torneos enteros.

Pero algo más me llamó la atención.

Hablaban del juego detrás del juego.

Los zapatos.

El césped.

La lluvia.

Las decisiones de diseño.

La tecnología que evitó que un jugador resbalara en el momento preciso.

Las personas que nunca pisan la cancha y, aun así, forman parte del resultado.

Un partido parece simple porque muchas cosas han desaparecido dentro de él.

Vemos noventa minutos, pero no vemos las décadas.

Vemos una jugada, pero no vemos las miles de decisiones que la hicieron posible.

Vemos el marcador, pero no vemos el mundo detrás.

Y entonces apareció una pregunta.

No sobre fútbol.

Sobre la vida.

¿Qué juego estoy jugando?

No qué estoy haciendo.
No qué quiero lograr.
Qué juego estoy jugando.

Porque una cosa es moverse.

Otra es entender el juego dentro del cual te estás moviendo.

el juego del logro

Durante años pensé que el juego era el logro.

Construir.
Crecer.
Conseguir.
Avanzar.

Durante mucho tiempo ese juego tuvo sentido.

Pero algo cambió.

No de golpe.
No como una revelación.

Más bien como cuando termina un partido y los jugadores abandonan el campo.

El estadio sigue ahí.
Las luces siguen encendidas.

Pero el juego ya terminó.

Y algo en ti lo sabe.

En los últimos años he ido soltando muchas de esas reglas.

La necesidad de demostrar.
La obsesión por llegar.
La idea de que la vida siempre tiene que producir algo.

la pretemporada

Pero al llegar aquí apareció una pregunta más profunda.

¿Qué pasa cuando ya no estás jugando el juego anterior y todavía no sabes cuál es el siguiente?

Hay una incomodidad muy particular en ese espacio.

La mente quiere encontrar rápido un nuevo torneo.

Un nuevo objetivo.
Un nuevo marcador.

Algo que le diga dónde poner la energía.

Pero quizás la pregunta no es cuál es el siguiente juego.

Quizás la pregunta es más simple.

¿Qué reglas sigo obedeciendo sin haberlas elegido?

Porque muchas veces no jugamos conscientemente.

Heredamos juegos.

La familia propone uno.
La cultura propone otro.
La profesión propone otro.
Incluso la espiritualidad puede convertirse en otro juego.

Cada uno trae sus reglas.

Y pocas veces nos detenemos a preguntar si realmente queremos jugar.

cuando el juego desafía las certezas

Mientras escuchaba aquella conversación sobre el Mundial apareció otra imagen.

Siempre he sentido algo especial por los equipos pequeños.

Por el país que nadie espera.

Por el empate inesperado.

Por el gol que rompe todos los pronósticos.

Me gusta cuando el juego desafía las certezas.

Cuando algo improbable ocurre.
Cuando el marcador deja de obedecer la lógica.

Quizá porque esos momentos revelan algo.

Las historias que parecían inevitables no lo eran.
Las reglas que parecían absolutas no lo eran.
Las posibilidades eran más amplias de lo que creíamos.

Y tal vez eso también forma parte del juego detrás del juego.

No solo preguntarnos qué juego estamos jugando.

También preguntarnos qué damos por hecho sobre él.

Qué resultado creemos necesario.
Qué victoria estamos persiguiendo.
Qué derrota estamos intentando evitar.
Y quién decidió que esas eran las reglas.

el partido que el cuerpo sigue jugando

No tengo respuestas claras.

Sospecho que responder demasiado rápido rompería algo importante.

Estoy en una especie de pretemporada.

Un espacio extraño y fértil.

El partido anterior terminó.
El siguiente todavía no comienza.

Y por primera vez en mucho tiempo no siento tanta urgencia por llenar ese espacio.

Hay curiosidad.
Hay atención.
Hay algo parecido a la confianza.

La confianza de que quizás no me toca inventar el próximo juego.

Quizás me toca reconocerlo cuando aparezca.

Mientras tanto, sigo con la pregunta.

No como un problema.
No como una tarea.

Como una compañera de camino.

¿Qué juego estoy jugando?

Y más importante aún:

¿Qué juego he estado jugando sin darme cuenta?

Tal vez ahí hay otra capa.

Porque incluso cuando creemos haber dejado un juego atrás, a veces seguimos viviendo dentro de sus reglas.

Seguimos midiendo.
Seguimos comparando.
Seguimos evaluando el día como si alguien llevara el marcador.

Como si todavía existiera un torneo que ya terminó.

Quizá por eso algunos finales tardan tanto en completarse.

No porque falte una decisión.
No porque falte claridad.

Sino porque el cuerpo sigue jugando un partido que la vida ya abandonó.

dejar de mirar el marcador

Cuando eso empieza a verse, algo se afloja.

No aparece una respuesta.

Aparece espacio.

Espacio para no correr.
Espacio para no elegir demasiado rápido una nueva identidad.
Espacio para no convertir cada transición en un proyecto.

Porque algunas preguntas no llegan para resolverse.

Llegan para quedarse un rato.

Como una canción que sigue sonando después de terminar.

Como una puerta que permanece entreabierta.

Y hoy, si soy honesto, esa pregunta sigue aquí.

No me pide que la responda.

Me pide que la habite.

¿Qué juego estoy jugando?

¿Qué reglas ya no son mías?

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