📡 el ruido y la señal

Hay momentos en que el ruido parece ser todo.

Opiniones.

Preocupaciones.

Escenarios.

Explicaciones.

Miedo.

Interpretaciones.

Cuando compartimos algo importante y no recibimos respuesta, la mente llena los espacios vacíos.

Tal vez no les interesa.

Tal vez fue una mala idea.

Tal vez debería hacerlo distinto.

De cien propuestas, una o dos respuestas pueden parecer prueba suficiente para confirmar nuestras dudas.

La mente intenta ordenar lo que ocurre y termina convirtiendo cada silencio en una conclusión.

Entonces parece que ya no queda nada más.

Pero detrás del ruido sigue estando la señal.

No lucha.

No compite.

No intenta imponerse.

Permanece.

Como una corriente silenciosa bajo una conversación demasiado larga.

Como el fondo que nunca desaparece, aunque dejemos de verlo.

Y la señal no siempre trae respuestas.

A veces trae algo más valioso.

Perspectiva.

Paciencia.

Confianza.

No porque prometa que todo saldrá bien.

No porque elimine la incertidumbre.

Sino porque nos devuelve contacto con lo que realmente está ocurriendo.

El ruido convierte cada rechazo en una historia.

La señal no responde por la realidad.

Solo nos devuelve a ella.

El ruido pide control.

La señal invita a la presencia.

El ruido quiere cerrar.

La señal puede quedarse abierta.

El ruido corre detrás de certezas.

La señal descansa en lo que es.

Quizá por eso, cuando la encontramos, algo en nosotros se acomoda.

La situación puede seguir siendo la misma.

Las respuestas pueden seguir siendo pocas.

Las preguntas pueden seguir abiertas.

Y aun así aparece una tranquilidad difícil de explicar.

Como si una parte profunda de nosotros recordara algo que nunca olvidó del todo.

La señal no estaba escondida.

Solo estaba detrás del ruido.

Y cuando el ruido baja un poco,

descubrimos que siempre estuvo ahí.

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